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PorInstituto Bitácora

LA FAMILIA COMO PRINCIPAL FACTOR DE MOTIVACIÓN AL TRATAMIENTO

En textos anteriores hablábamos de la adicción como una enfermedad insidiosa. De cómo la familia de la persona que tiene un problema por consumo de alcohol, drogas o conductas potencialmente adictivas, iba identificando y viviendo los cambios en la conducta de la persona afectada, de cómo éstos, al principio se pueden justificar, dudando la familia de si realmente el consumo supone un problema o no. De cómo estos pequeños cambios, de mantenerse el consumo, irremediablemente van a más, hasta dar lugar al desarrollo de una enfermedad en la que poco a poco el bienestar físico, mental y social de la persona se ve afectado, así como la organización de la familia, las costumbres, la comunicación y las relaciones afectivas.

Estos cambios que se van produciendo como consecuencia del desarrollo de la enfermedad, no solo se manifiestan en el plano familiar. Las consecuencias negativas de la conducta de consumo se manifiestan en el plano personal, en la salud física y psicológica, en las relaciones interpersonales, en lo laboral o académico, en el manejo del ocio y tiempo libre…

En cuanto a salud física, si hablamos de adicciones químicas, las consecuencias van a depender del tipo de sustancia, de la cantidad y frecuencia de consumo, de la vía de administración, y de si estamos hablando de consumo de una sustancia, o de consumo de varias sustancias. En el caso de consumo de varias sustancias, las consecuencias físicas son mayores que si sumáramos los efectos de cada una por separado. Además de estas consecuencias físicas, en todas las adicciones, en las que hay sustancias y en las que no, se producen determinados cambios en la estructura y funcionamiento cerebral, que dan lugar a tolerancia, pérdida de control, síndrome de abstinencia y dependencia.

En el plano psicológico, las consecuencias son comunes a todos los problemas adictivos. Altibajos emocionales, bruscos cambios de humor. Irritabilidad. Ansiedad. Aislamiento. Sentimientos de culpa, de vergüenza, desesperanza. Además, el consumo de alcohol, drogas o conductas potencialmente adictivas pueden suponer para las personas más vulnerables un detonante para desarrollar otros trastornos mentales.

En lo laboral, en casi todos los casos se producen problemas de tipo absentismo, menor rendimiento, choques con compañeros, con clientes, pudiendo acabar en pérdida del puesto de trabajo, o degradación laboral. Cuando hablamos de los más jóvenes las consecuencias negativas se ven en una bajada de motivación y malos resultados académicos.

En cuanto a red social, ocio y tiempo libre, la persona que consume, se va dejando poco a poco por el camino, relaciones sociales saludables, quedándose aislada o con relaciones en el que el nexo de unión es el propio consumo. Paralelamente se va abandonando actividades de ocio y tiempo libre, de manera que el consumo pasa a ser una prioridad.

La vida de la persona que tiene este tipo de problemas se convierte en un círculo vicioso en el que queda atrapado y del que sólo conseguirá librarse con un tratamiento adecuado. Las consecuencias negativas físicas, psicológicas y sociofamiliares se afrontan consumiendo más sustancia o llevando a cabo la conducta adictiva, a pesar de la clara evidencia de que es el consumo el que genera los problemas. De este modo, la persona se queda sin salida, el consumo genera malestar, y este malestar se afronta con el consumo.

Llegado estos momentos el día a día resulta muy difícil, tanto para el consumidor como para su familia, y el sufrimiento es una constante en las vidas de todos los implicados en este tipo de problemas.

Sin embargo, aunque éste es el complejo escenario al que se puede llegar cuando se tiene un problema de este tipo, la persona afectada no percibe la realidad de su situación con objetividad. Y aunque existe un verdadero sufrimiento por la propia incapacidad para controlar la conducta, la persona, ya enferma, no solo no pide ayuda, sino que la rechaza.

Y este hecho, el que a pesar del malestar físico, psicológico y social, la persona se resista a entender y aceptar que necesita ayuda para salir de la situación, hace que la adicción sea una enfermedad única.

Si me caigo y me lastimo el codo, no dudo en ponerme en manos del traumatólogo para que me haga las pruebas pertinentes y ver si no es nada, si me lo tienen que inmovilizar o me tienen que intervenir. Si me entra malestar general y fiebre, no dudo en acudir al médico de atención primaria y seguir sus indicaciones, para que la gripe sea lo más leve posible. Si experimento taquicardia, sensación de ahogo, respiración rápida, opresión en el pecho, sudoración, temblores, náuseas, mareo, acudo corriendo al hospital más cercano para comprobar que no me estoy muriendo, que no me estoy volviendo loco, y me someto a las pruebas que me indiquen, me tomo la medicación que me prescriban, y me pongo en tratamiento para no volver a experimentar esos niveles de ansiedad. Si un día en una revisión me detectan hipertensión, aunque no haya tenido síntomas, trabajaré codo a codo con mi médico para controlarla y evitar sus efectos…

Sin embargo, cuando hablamos de una persona que tiene un problema por consumo de alcohol, drogas o conductas potencialmente adictivas, el desequilibrio físico, psicológico y social que experimenta, no hace que pida ayuda, ni que quiera dejar de consumir.

Cuando se demanda tratamiento generalmente es porque se ha producido una situación de crisis, entendiendo por crisis un problema familiar, de salud, laboral, económico, legal.

En un porcentaje muy significativo de la demanda de tratamiento, el detonante es la familia. La familia es la que da razones al afectado para ponerse en tratamiento. A pesar de la resistencia acepta, porque para la persona puede ser más importante el detener una presión o tranquilizar a un ser querido que el propio problema, y aunque no entienda ni vea la necesidad de cambiar, ya se puede empezar a trabajar con él desde el punto de vista motivacional y de la mano de la familia, para seguir dándole al ya pacientes, razones para dejar de consumir.

Como escribí en otra ocasión la familia se convierte en un héroe. Llegan a consulta muy cansados, han sido muchas las dificultades por las que han pasado hasta que por fin el paciente ha aceptado acudir a tratamiento, son héroes porque no ha sido nada fácil el camino hasta llegar aquí, y el camino ahora debe continuar…

Asunción Lago Cabana

PorInstituto Bitácora

El cambio está en mí

El destino no está escrito, nosotros mismos vamos día a día narrándolo. Así ante preguntas como: “Qué puedo hacer yo para cambiar al otro”; “Qué puedo hacer para que una situación de relación que me molesta, me hace daño y no me deja ser como yo quiero, cambie”. ¿Has pensado alguna vez en cambiar tú?

Hace dos semanas comencé hablando sobre el concepto de familia, y comenté unos retazos sobre el rasgo sistémico que tiene ésta. Hoy ahondaremos en este concepto, y lo haremos desde un caso ficticio a modo de ejemplo.

Pongamos a una familia en la que su funcionamiento fuera erróneo de base, marcada por diferentes desgracias familiares (pérdida de un hijo y un divorcio que tardó demasiado tiempo en llegar). La base errónea era la culpabilidad, la falta de comunicación y el miedo a amar.

Les pongo en situación. Debido a la pérdida del primer hijo en edad temprana, los padres adquirieron cada uno de ellos un rol diferente al que tenían hasta el momento en la familia, no supieron decirse el uno al otro lo tristes que se sentían y uno por el otro, aquello se quedó sin resolver. Era como: si tu sigues adelante yo también, pero eso sí, a mi forma. Y con otro hijo de dos años en casa, aquello no vaticinaba nada bueno.

Pasaron los años y cada uno seguía en su pequeño mundo, ajeno al del otro. El mayor problema radicaba en que tenían un hijo y al poco tiempo tuvieron otros dos. La forma en la que se relacionaban los padres era casual, superficial, poco afectiva. La toma de decisiones era unilateral (por parte de la madre) y el padre trabajaba siempre, casi nunca estaba en casa. Las relaciones familiares de los hijos con el padre eran esporádicas y siempre en momentos de ocio; con la madre os podéis imaginar, ella marcaba las normas y las hacía cumplir, era la mala de la película en resumidas cuentas.

Al cabo del tiempo comienza un insufrible proceso de separación que nadie podía y/o quería ver que estaba ocurriendo, excepto el padre, quien fue el que empezó a dar los pasos (probablemente sin saberlo al principio) para realizar una separación real de esta estructura familiar para comenzar una nueva. Los hijos estaban acostumbrados a la frialdad de las relaciones de sus padres, y a la frialdad que mostraba su madre con ellos también. Así que los hijos no parecían poder ver nada. La madre, no quería ver lo que estaba ocurriendo, estaba demasiado acostumbrada a esa vida de “separación”, por lo que no solo no hizo nada, sino que ella misma sin saberlo provocó más distanciamiento.

Tras varios años sosteniendo esta situación, un día el padre le pregunta a sus hijos, mientras éstos veían la tele, lo siguiente: “¿Si me voy de casa, con quién os vais, conmigo o con mamá? Vaya pregunta para unos hijos, ¿a quién quieres más a mamá o a papá? Tras una respuesta rápida y en la que todos coincidieron, dijeron que con la madre. El padre salió del salón. Al día siguiente se había ido de la casa y empezó a formalizar la separación legal.

La madre a partir de ese momento vivió momentos personales muy duros y la forma de relacionarse con sus hijos fue cada vez peor. Se sentía la perdedora del combate y culpabilizaba a sus hijos de todo lo que le había ocurrido, no buscó ayuda ni consuelo en ellos. Los hijos por su parte se distanciaron cada vez más, tanto de la madre como del padre. Habían aprendido a lo largo del tiempo que sólo podían contar con ellos mismos y sabían que los problemas los tenían que resolver por su cuenta.

La convivencia era insostenible: gritos, épocas de mutismo, …, en aquella casa cada dormitorio se convirtió en un lugar personal, inexpugnable e intransferible, el lugar que cada uno tenía para mantenerse vivo, solo.

Los padres habían creado y perpetuado un sistema de relaciones basado en:

– La falta de comunicación, cada uno tenía una parcela de su vida pero no la compartía con los demás. Si tú no me hablas y te muestras distante, me has enseñado a serlo así contigo.

– La falta de afectividad: no hay besos, ni abrazos, ni palabras de cariño. Es difícil ser cariñoso cuando no te han enseñado a serlo.

– La culpabilidad: cada uno, excepto la madre, había asumido el grado de culpabilidad que ésta le había asignado. Si a esto le sumamos los dos puntos anteriores, cómo vamos a quitarnos de encima esa gran losa que es la culpa y que no nos va a dejar ser personas completas.

Este sistema de relaciones familiares se había perpetuado. No parecía que pudiera ser de otra forma que no fuera destructiva. Todos habían adquirido un rol dentro de ese sistema, y se había originado la tensión que provocó la ruptura del equilibrio, obteniendo como resultado la desintegración del núcleo familiar.

Pero como en todo sistema, el cambio de una de las partes afecta al resto de las partes.

Así, uno de los hijos comenzó a comportarse y a actuar de diferente forma. Ya no respondía a los gritos con más gritos; al mutismo respondía con preguntas (cómo estás hoy mamá), respondía hablando sobre cómo le había ido el día en la facultad; a los ataques de culpabilidad respondía sin insultar, intentando razonar lo que ocurrió; a la falta de afectividad respondía con pequeños gestos como, “hoy voy contigo a hacer la compra y te ayudo a traer las cosas”. El cambio se produjo sobre todo con la madre, aunque no fue con la única persona de la familia que lo hizo.

Estos cambios de actitud y comportamiento de este miembro de la familia, hicieron que gradualmente las relaciones entre todos cambiaran y, lo hicieron de forma positiva. Debido al estado de degradación al que habían llegado no fue una tarea fácil, hubo altibajos y no fue de un día para otro (pero Zamora no se hizo en una hora).

Si alguien me pregunta si creo en el cambio de la persona, le respondo con un rotundo “sí”. Si alguien me pregunta si creo que una familia puede volver a unirse, le respondería con otro rotundo “sí”. Si alguien me pregunta cómo, le respondería rotundamente “sólo hay que querer”.

La próxima semana volveremos a hablar de la familia y esta vez sobre su aspecto evolutivo. Os espero.

Mª Ángeles Fernández Arias. Psicopedagoga.

 

 

PorInstituto Bitácora

“¿De tal palo, tal astilla?”

Supongo que alguna vez ha escuchado el refrán: De tal palo, tal astilla. ¿Tanto marca el cómo somos como padres, en nuestros hijos? ¿Tanto marca el cómo educamos a nuestros hijos en su futura forma de relacionarse? Si atendemos al razonamiento del aspecto socializador de la familia, la respuesta es un “sí rotundo”. Hablemos sobre ello.

 Como ya dije en la entrada anterior, la influencia del ambiente familiar influye en el desarrollo de las relaciones sociales. Todos conocemos distintos tipos de familias, puede que no le pongamos nombre a cómo se relacionan entre ellos y con los demás, tampoco las clasificamos según los padres y los hijos convivan. Pero sí que sabemos cómo son: padres poco dados a abrir las puertas de su casa a sus amigos y a los amigos de sus hijos y que además son reacios a llevarlos a casa de otros amigos; padres que dejan el cuidado y la educación de sus hijos en manos de personas ajenas a la familia; padres sobreprotectores que no se despegan de sus hijos y que inculcan miedos irracionales a éstos; hijos que menosprecian la labor de sus padres; familias que comparten sus ratos de ocio, hablan entre sí y que resuelven los problemas juntos;… Y así un sinfín de familias.

 Un inciso. Hablando de familias sobreprotectoras. No me gustaría perder la ocasión de hablar sobre “el cordón umbilical” que en algunas familias no parece que se vaya a romper nunca. Ese cordón que limita el crecimiento tanto de los progenitores como de los hijos. Y vamos a decirlo así de sopetón: el cordón umbilical hay que cortarlo. No debemos ir estirándolo hasta que se rompa de tanto usarlo (y que suele romperse cuando uno de los extremos, ya no puede más). Cuanto antes nos demos cuenta de que nuestros hijos, no son “nuestros” sino de ellos mismos, antes podremos tener una relación más sana con ellos y antes podremos educarlos para que vivan en sociedad de una manera amable, cooperativa, alegre…, sin convertirse en seres dependientes de la aprobación de los demás. Leer más

PorInstituto Bitácora

“LE PRESENTO A LA FAMILIA. ENCANTADO DE CONOCERLA”

Durante las próximas semanas comenzaré a hablar sobre la familia y la importancia que tiene ésta en la maduración de la persona. Trataré distintos aspectos como: la importancia de la comunicación, las dificultades al afrontar cambios en el seno familiar, tomas de decisiones, rigidez o permisividad en las normas, etc.

Para empezar a hablar sobre familia y sobre las dificultades a las que se enfrenta, lo primero que debo realizar es una reflexión sobre qué es la familia, para así comprender los “porqués” de estas dificultades con las que se encuentra a lo largo de su camino.

Y lo haré desde tres puntos de vista básicos: la familia como agente de socialización, su proceso evolutivo y la familia como sistema. Los tres aspectos son lo suficientemente extensos como para escribir capítulos y capítulos sobre ellos, pero trataré de resumirlos de forma comprensiva en esta entrada. Posteriormente, en sucesivas entradas, ahondaré en cada uno de ellos, exponiendo casos de ejemplo que a todos nos “sonarán”.

La familia debe recibir una atención especial ya que, las personas encuentran en ella seguridad y afecto. Es la primera fuente de socialización del hombre y la mujer, desde donde se educa para la vida en sociedad. Es, por tanto, la unidad primaria de interacción y sostenimiento de la estructura social.

Sobre su aspecto evolutivo, podemos decir que todas las familias tienen un ciclo vital, como cualquier ser vivo. Y durante ese ciclo, se van produciendo diferentes etapas, etapas de cambios que provocan desequilibrios en la estabilidad familiar.

Al igual que la sociedad evoluciona, la familia también lo hace. Ambos conceptos son activos y van pasando por fases, que suponen crisis naturales y debido a ellas, las familias se transforman, crecen, maduran y/o se rompen.

Su estructura está formada por roles, que como todo ciclo evolutivo, van cambiando según la etapa en la que se encuentre la familia: separación de la familia de origen para formar una relación conyugal, nacimiento de hijos, distintas etapas de los hijos (niñez, adolescencia, emancipación), jubilación y ancianidad. Así, la persona va adquiriendo a lo largo de su vida distintos roles, y en ocasiones, incluso adopta varios roles en un momento determinado: hija, esposa, madre… Roles que la persona debe desempeñar adecuadamente y, además, en relación con los otros miembros de la familia.

Pasando ahora al aspecto sistémico de la familia, podemos decir que la familia está conformada por reglas de comportamiento internas, implícitas y explícitas, marcadas por los miembros individuales de ésta y por el conjunto de sus miembros. Muy ligadas a su vez a la interacción con el exterior, formando parte así del contexto social en el que vive.

Concretando: ¿qué quiere decir que la familia tiene un funcionamiento sistémico? Podríamos decir, que la familia está formada por personas que se relacionan entre sí, marcando estas relaciones los roles y los vínculos dentro de este sistema.

Es importante decir, que en todo sistema, el cambio de una de las partes afecta al resto de las partes. Así que, si un miembro de la familia está pasando por una etapa personal de cambio, esto afectará al resto de personas que forman su núcleo familiar, ya que su forma de relacionarse será distinta y, por lo tanto, esto afectará a la forma de relacionarse del resto tanto con él en concreto como entre sí.

Teniendo en cuenta lo dicho hasta ahora, para resolver las crisis que van surgiendo en el núcleo familiar, es importante analizar la evolución tanto del grupo familiar como individual, el sistema de relaciones internas existente y las relaciones externas que tienen sus miembros con el exterior (la sociedad, en términos generales).

Teniendo en cuenta esto último, en la resolución de cualquier conflicto producido en el seno familiar, se hace imprescindible una intervención integradora, que tenga en cuenta los tres aspectos destacados, y esto nos lo proporciona la terapia familiar.

La próxima semana hablaré sobre la familia como agente de socialización, y como os dije al principio, expondré casos de ejemplo, para clarificar el concepto y dejar a un lado el “academicismo” de esta primera entrada. Os espero.

Mª Ángeles Fernández Arias. Psicopedagoga

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