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PorInstituto Bitácora

El peligro de las cachimbas

Fumar cachimbas está de moda y es una afición compartida cada vez por más personas, especialmente adolescentes, entre los que empieza a convertirse en un problema serio.

Los jóvenes que fuman cachimba tienen la percepción de menor daño para la salud y de menor adicción en comparación con los cigarrillos convencionales. En este sentido, muchas personas adultas tienen la misma idea preconcebida. Además, su accesibilidad, la posibilidad de compartirla con los amigos, su sabor afrutado y más agradable que el tabaco o la falta de advertencia sobre sus riesgos, pueden ser factores que puedan explicar el auge de su consumo.

¿QUÉ SON LAS CACHIMBAS Y CÓMO FUNCIONAN?

Una cachimba es una pipa de agua que permite fumar tabaco aromático a través de un filtro de agua y una o varias boquillas, lo cual lo convierte en una especie de acto social. El humo, que puede tener diferentes sabores, está formado por tres ingredientes: tabaco caliente, melaza y fruta. Hay sabores diferentes como fresa, menta, piña, mora, etc.

¿POR QUÉ SON TAN PELIGROSAS LAS CACHIMBAS EN LA ADOLESCENCIA?

La Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó ya en 2005 de que el consumo de cachimbas se estaba convirtiendo en un problema de salud pública.

Fumar en cachimbas puede liberar los mismos tóxicos que el cigarrillo convencional e incluso mayor cantidad de nicotina y de monóxido de carbono, a lo que hay que añadir los riesgos infecto-contagiosos por el uso compartido de boquillas.

Los estudios demuestran que fumar cachimbas produce cuatro veces más alquitrán que hacerlo con un cigarro tradicional, puesto que contiene más nicotina y metales pesados. Una sesión de cachimba de una hora provoca el mismo monóxido de carbono de 20 cigarrillos. Además del vapor que se inhala, están los aproximadamente 250 compuestos cancerígenos del tabaco, además de otros menos controlados, como aromas y esmaltes. La realidad es que las cachimbas son tan adictivas como el tabaco, pues la nicotina tiene un gran poder adictivo.

También, algunos adolescentes y jóvenes, mezclan el tabaco con los derivados del cannabis y sustituyen el agua por bebidas alcohólicas, lo cual hace que esta práctica sea todavía más dañina.

¿QUÉ IDEAS FALSAS EXISTEN SOBRE LAS CACHIMBAS Y LA SALUD?

Existen una serie de mitos extendidos y normalizados sobre las cachimbas:

Fumar en cachimba es más sano que fumar tabaco. Es falso puesto que los compuestos cancerígenos siguen estando presentes, y lo que es peor, están en mayores dosis si tenemos en cuenta el tiempo de exposición (un cigarrillo se fuma en 5 minutos pero una cachimba no).

Fumar en cachimba no produce adicción porque casi no tiene nicotina. También es falso porque contienen nicotina. Da igual que cambie la forma de consumo, la sustancia sigue estando y su poder adictivo también.

Fumar en cachimba es más sano que vapear. Igualmente es falso, el humo de la cachimba siempre es dañino a pesar de pasar a través del agua.

¿CÓMO PREVENIR EL CONSUMO DESDE LA FAMILIA?

Consideramos que la familia es la que más influye en cuanto a la prevención de las adicciones. Por este motivo, en este apartado, aportaremos algunas orientaciones dirigidas a los padres.

Parece bastante demostrado que los padres actúan como modelos de sus hijos y que por tanto, su conducta se verá reflejada en ellos. En muchas familias, los padres beben y fuman. Cuando se ha normalizado el consumo de tóxicos por parte de los progenitores, los hijos tienen más probabilidad de acercarse a ese consumo de sustancias tóxicas.

Los padres deben informarse bien de lo que suponen las drogas que sus hijos estén utilizando, alcohol, tabaco, cocaína, marihuana, etc. y de sus riesgos.

También los padres, deben de supervisar la conducta de los hijos, con autoridad y cariño, sin autoritarismos, lo cual servirá también de protección a los hijos, al limitar el efecto de la influencia de los grupos de amigos.

Un estilo permisivo de educación, dejando que los hijos hagan lo que quieran sin límites de ningún tipo, incide de manera desfavorable en la prevención de las adicciones o de conductas perjudiciales. A los chicos hay que ponerles normas y límites claros, y hacérselos cumplir, aunque siempre hay que ir mezclando la fortaleza y el cariño, lo que vendría a ejemplificarse con la frase “puño de hierro con guante de seda”.

Fomentar la autonomía, tan necesaria conforme los hijos van creciendo, desde la comunicación, el afecto y el control parental.

De especial relevancia es que desde la familia se fomente la autoestima en los hijos. Esto puede darse cuando existe una cohesión familiar y los padres se plantean una educación consistente, basada en valores y en el conocimiento de cada uno de sus hijos.

La ausencia de afecto, aceptación y apoyo de los hijos, disminuirá su autoestima y aumentará su inseguridad, lo cual sitúa a los hijos en un escenario de mayor vulnerabilidad. Los hijos con una buena autoestima, y que además cuentan con criterios propios, reducen su vulnerabilidad ante la presión social.

Otro de los factores que favorecen la prevención es que los padres estén al tanto de las actividades, aficiones y amistades que forman parte de la vida de sus hijos, aunque resulte más difícil conforme van creciendo.

Otro aspecto importante es invitar a los hijos a hacerse preguntas. Es más efectivo que se cuestionen y duden que darles las recetas de cómo actuar. De esta última manera tranquilizamos nuestra conciencia pero no es efectivo. Pueden ser interrogantes a plantear “¿por qué tus amigos no pueden pasar sin fumar cachimba?”, “¿consideras que es buena para la salud?”.

Por último, resultan de utilidad las escuelas de padres, para fomentar en los hijos valores e intereses pro sociales, responsabilidad, autoestima, habilidades sociales, capacidad de toma de decisiones y pensamiento crítico, entre otras cosas.

PorInstituto Bitácora

Terapia familiar en Esquizofrenia

Uno de los servicios que ofrecemos en el Instituto Bitácora es la intervención con la familia cuando sea necesario y con cualquier tipo de patología. Hoy nos gustaría hablar un poco de la terapia familiar en una de las enfermedades mentales más temidas, la esquizofrenia.

La esquizofrenia fue la que inspiró a algunos autores en los años 60 – 70 para crear el concepto de “terapia familiar”.  Inicialmente investigaron si la familia podría contribuir en la aparición de la enfermedad, después se llegó a la conclusión que hay muchos factores que influyen en su génesis y que el poder trabajar con las relaciones familiares ayuda a evitar recaídas y mejorar las condiciones de vida del paciente, realmente como en otros trastornos.

La esquizofrenia es una enfermedad muy compleja, para explicar su causa hay muchas teorías y, como para todo lo que hay muchas posibles hipótesis sin que ninguna se haya demostrado claramente, también hay muchas posibles alternativas para abordar su tratamiento.

En primer lugar influyen los factores biológicos, la biología es como el hardware del ordenador, la parte física, tangible, todo “lo que se puede ver y tocar”, el cerebro y sus neurotransmisores, y el software,  las instrucciones que el ordenador necesita para funcionar, “lo que no se pueden ver ni tocar”, serían los aspectos de las relaciones entre las personas, que es lo que se trabaja en la terapia familiar.

Podemos decir que cualquiera que sea “la causa de la esquizofrenia”‘, los pacientes con esta enfermedad parecen tener un “‘déficit psicológico” que aparenta aumentar su vulnerabilidad a estímulos internos y externos.

La terapia pretende disminuir la vulnerabilidad del paciente a la estimulación, mediante la administración de medicamentos antipsicóticos  (actuando sobre los estímulos internos, el hardware) y la disminución de la cantidad de estimulaciones provenientes del medio familiar, ya que es el contexto primario dentro del cual funciona el paciente (actuando sobre los estímulos externos, el software).

Una situación en la que se tiene un miembro psicótico es muy difícil para la familia, más efectiva será la intervención familiar cuando se pueda aplicar a personas jóvenes y con factores de buen pronóstico  como por ejemplo un buen funcionamiento antes de los primeros síntomas o del primer brote, con una adecuada actividad social y sin trastornos previos de personalidad.

Objetivos de la terapia familiar en esquizofrenia son:

 

Aumentar la autoconfianza familiar y el conocimiento de la enfermedad, disminuyendo de esta manera, la ansiedad familiar ante los pacientes y aumentando su habilidad de manejo hacia ellos, proveer a las familias con información acerca de la enfermedad y su manejo (por ejemplo, las personas con esquizofrenia pueden presentar “síntomas negativos” como la apatía, falta de interés, el embotamiento emocional o el retraimiento social… si los familiares comprenden que esas conductas son fruto de la enfermedad, y no es un estado de “vagancia” serán menos críticos y disminuirán el nivel de emociones expresadas negativas y, de esa forma, también disminuirán las recaídas del paciente ).

Otra meta es capacitar a los miembros de la familia para sentirse menos aislados y estigmatizados, del mismo modo que también tenemos que tener en cuenta que hay que ajustar las expectativas acerca del paciente, al mismo tiempo que imponer límites y favorecer su autonomía así como sistemas de apoyo.

 

Dra. Mª Carmen López Alanís

PorInstituto Bitácora

Vas a obedecer porque lo digo yo

“Si no los tratas ahora con mano dura, luego se te suben a la chepa y no hay nada que hacer”. ¿Es necesaria la mano dura? ¿Nos hemos planteado cómo somos y en qué fallamos a nivel personal para pensar así?

 ¿Si ante la afirmación anterior, hablásemos de parejas en lugar de relaciones padres-hijos, pensaríamos lo mismo? Seguro que no, sería algo desorbitado.

 NOTA PREVIA ACLARATORIA: cuando hable de “padres”, estaré diciendo “padres y madres”; cuando hable de “hijos”, estaré diciendo “hijos e hijas”. Es tan sólo un estilo de escribir que sea menos “cansado” para el lector. Prosigamos.

 Hablamos hoy del estilo educativo de tipo autoritario dentro de la familia. En principio podríamos decir que es diametralmente opuesto al estilo del que estuvimos hablando la semana pasada, el estilo de sobreprotección, pero guardan ciertas similitudes que iremos desgranando. Leer más

PorInstituto Bitácora

¿De padres sobreprotectores, hijos tiranos?

¿Hasta cuándo vamos a estar ahí como escudos protectores? ¿Realmente es esa nuestra misión? ¿Estaremos fomentando el espíritu crítico en nuestros hijos? Conviene hacer de vez en cuando un parón en nuestra vida para reflexionar sobre lo que estamos haciendo y sobre cómo lo estamos llevando a cabo.

 Así comenzamos este nuevo ciclo sobre tipos de familias, hablando de los padres sobreprotectores. Aquellos sobre los que hice referencia al hablar del cordón umbilical que nunca parece vaya a romperse, aquel que se romperá de “tanto usarlo”. Leer más

PorInstituto Bitácora

El cambio está en mí

El destino no está escrito, nosotros mismos vamos día a día narrándolo. Así ante preguntas como: “Qué puedo hacer yo para cambiar al otro”; “Qué puedo hacer para que una situación de relación que me molesta, me hace daño y no me deja ser como yo quiero, cambie”. ¿Has pensado alguna vez en cambiar tú?

Hace dos semanas comencé hablando sobre el concepto de familia, y comenté unos retazos sobre el rasgo sistémico que tiene ésta. Hoy ahondaremos en este concepto, y lo haremos desde un caso ficticio a modo de ejemplo.

Pongamos a una familia en la que su funcionamiento fuera erróneo de base, marcada por diferentes desgracias familiares (pérdida de un hijo y un divorcio que tardó demasiado tiempo en llegar). La base errónea era la culpabilidad, la falta de comunicación y el miedo a amar.

Les pongo en situación. Debido a la pérdida del primer hijo en edad temprana, los padres adquirieron cada uno de ellos un rol diferente al que tenían hasta el momento en la familia, no supieron decirse el uno al otro lo tristes que se sentían y uno por el otro, aquello se quedó sin resolver. Era como: si tu sigues adelante yo también, pero eso sí, a mi forma. Y con otro hijo de dos años en casa, aquello no vaticinaba nada bueno.

Pasaron los años y cada uno seguía en su pequeño mundo, ajeno al del otro. El mayor problema radicaba en que tenían un hijo y al poco tiempo tuvieron otros dos. La forma en la que se relacionaban los padres era casual, superficial, poco afectiva. La toma de decisiones era unilateral (por parte de la madre) y el padre trabajaba siempre, casi nunca estaba en casa. Las relaciones familiares de los hijos con el padre eran esporádicas y siempre en momentos de ocio; con la madre os podéis imaginar, ella marcaba las normas y las hacía cumplir, era la mala de la película en resumidas cuentas.

Al cabo del tiempo comienza un insufrible proceso de separación que nadie podía y/o quería ver que estaba ocurriendo, excepto el padre, quien fue el que empezó a dar los pasos (probablemente sin saberlo al principio) para realizar una separación real de esta estructura familiar para comenzar una nueva. Los hijos estaban acostumbrados a la frialdad de las relaciones de sus padres, y a la frialdad que mostraba su madre con ellos también. Así que los hijos no parecían poder ver nada. La madre, no quería ver lo que estaba ocurriendo, estaba demasiado acostumbrada a esa vida de “separación”, por lo que no solo no hizo nada, sino que ella misma sin saberlo provocó más distanciamiento.

Tras varios años sosteniendo esta situación, un día el padre le pregunta a sus hijos, mientras éstos veían la tele, lo siguiente: “¿Si me voy de casa, con quién os vais, conmigo o con mamá? Vaya pregunta para unos hijos, ¿a quién quieres más a mamá o a papá? Tras una respuesta rápida y en la que todos coincidieron, dijeron que con la madre. El padre salió del salón. Al día siguiente se había ido de la casa y empezó a formalizar la separación legal.

La madre a partir de ese momento vivió momentos personales muy duros y la forma de relacionarse con sus hijos fue cada vez peor. Se sentía la perdedora del combate y culpabilizaba a sus hijos de todo lo que le había ocurrido, no buscó ayuda ni consuelo en ellos. Los hijos por su parte se distanciaron cada vez más, tanto de la madre como del padre. Habían aprendido a lo largo del tiempo que sólo podían contar con ellos mismos y sabían que los problemas los tenían que resolver por su cuenta.

La convivencia era insostenible: gritos, épocas de mutismo, …, en aquella casa cada dormitorio se convirtió en un lugar personal, inexpugnable e intransferible, el lugar que cada uno tenía para mantenerse vivo, solo.

Los padres habían creado y perpetuado un sistema de relaciones basado en:

– La falta de comunicación, cada uno tenía una parcela de su vida pero no la compartía con los demás. Si tú no me hablas y te muestras distante, me has enseñado a serlo así contigo.

– La falta de afectividad: no hay besos, ni abrazos, ni palabras de cariño. Es difícil ser cariñoso cuando no te han enseñado a serlo.

– La culpabilidad: cada uno, excepto la madre, había asumido el grado de culpabilidad que ésta le había asignado. Si a esto le sumamos los dos puntos anteriores, cómo vamos a quitarnos de encima esa gran losa que es la culpa y que no nos va a dejar ser personas completas.

Este sistema de relaciones familiares se había perpetuado. No parecía que pudiera ser de otra forma que no fuera destructiva. Todos habían adquirido un rol dentro de ese sistema, y se había originado la tensión que provocó la ruptura del equilibrio, obteniendo como resultado la desintegración del núcleo familiar.

Pero como en todo sistema, el cambio de una de las partes afecta al resto de las partes.

Así, uno de los hijos comenzó a comportarse y a actuar de diferente forma. Ya no respondía a los gritos con más gritos; al mutismo respondía con preguntas (cómo estás hoy mamá), respondía hablando sobre cómo le había ido el día en la facultad; a los ataques de culpabilidad respondía sin insultar, intentando razonar lo que ocurrió; a la falta de afectividad respondía con pequeños gestos como, “hoy voy contigo a hacer la compra y te ayudo a traer las cosas”. El cambio se produjo sobre todo con la madre, aunque no fue con la única persona de la familia que lo hizo.

Estos cambios de actitud y comportamiento de este miembro de la familia, hicieron que gradualmente las relaciones entre todos cambiaran y, lo hicieron de forma positiva. Debido al estado de degradación al que habían llegado no fue una tarea fácil, hubo altibajos y no fue de un día para otro (pero Zamora no se hizo en una hora).

Si alguien me pregunta si creo en el cambio de la persona, le respondo con un rotundo “sí”. Si alguien me pregunta si creo que una familia puede volver a unirse, le respondería con otro rotundo “sí”. Si alguien me pregunta cómo, le respondería rotundamente “sólo hay que querer”.

La próxima semana volveremos a hablar de la familia y esta vez sobre su aspecto evolutivo. Os espero.

Mª Ángeles Fernández Arias. Psicopedagoga.

 

 

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