Archivos mensual noviembre 2015

PorInstituto Bitácora

El paradigma perdido y el niño que se movía demasiado (I)

Desvelando el misterio desde la primera línea, hablemos de TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad), auténtica plaga de la infancia de finales del siglo XX y principios del XXI.

Probablemente no exista un diagnóstico que genere más controversia, filias y fobias que éste en los manuales diagnósticos utilizados en salud mental. ¿Qué tiene de especial precisamente este trastorno para ser capaz de posicionar a profesionales de distintos ámbitos en puntos de vista tan radicalmente opuestos?

Se trata básicamente de un trastorno de comienzo en la infancia (antes de los 7 o los 12, según las clasificaciones), caracterizado por dificultad para prestar atención, hiperactividad e impulsividad. Si bien existen desde finales del siglo XIX descripciones de niños desmedidamente inquietos e inatentos, incapaces de mantener una actividad, impulsivos, que no calibran riesgos y llegan a ser violentos, no es hasta 1970, con la aparición de la primera edición del DSM, clasificación de la Asociación Americana de Psiquiatría cuando aparece el término de TDAH (Trastorno Hipercinético para la OMS).

Descrito desde antiguo, reconocido por la APA y por la OMS. ¿Dónde está la polémica? Seguramente habrá tantas opiniones al respecto como profesionales que tratan este trastorno (pediatras, psicólogos y psiquiatras), incluso tantas como padres de niños afectados y ampliando el círculo, tantas como profesores, orientadores, psicopedagogos y psicólogos escolares implicados en cada uno de los casos. Porque, sí señores, toda esa gente hay detrás de cada caso y todos tienen su opinión al respecto.

En los polos extremos se encontrarían los negacionistas del trastorno, convencidos de que se trata de una invención de la psiquiatría que pretende elevar a enfermedad los comportamientos naturales y propios de la infancia bajo el oscuro influjo de la industria farmacéutica, frente a un frente biologicista, que identifica el TDAH como una enfermedad neurológica con base demostrable, que precisa de tratamiento farmacológico para su abordaje.

¿Quién tiene razon? Lo siento… No he planteado esta entrada en el blog para responder preguntas sino para generarlas. No obstante, los años de práctica clínica permiten adquirir ciertas perspectivas acerca del problema y dejaré algunas pinceladas para la reflexión.

No puedo obviar el hecho de que soy psiquiatra. Esa es mi profesión y esa es mi perspectiva. Soy consciente de que en la mayoría de ocasiones, cronológicamente hablando, soy el último eslabón de la cadena. Eso implica muchas cosas, por un lado, que no soy el encargado de detectar el caso, ni de dar la primera opinión (suele ser labor del centro escolar o de los padres y luego del pediatra), ni de realizar el diagnóstico (normalmente tarea de los psicólogos) y por otro, que cuando llegan a mí es con la impresión de estos últimos de que el niño/a es subsidiario de tratamiento farmacológico. Precisamente ser el último en llegar aporta una distancia que permite la visión crítica del caso, ajeno a la urgencia de saber qué le ocurre a ese/a niño/a que tantos problemas da, pero que curiosamente en consulta se mantiene tan tranquilo y paciente.

Es momento de aclarar que los manuales diagnósticos estipulan que los trastornos de conducta observados deben aparecer al menos en dos entornos distintos de tres posibles: casa, escuela y consulta, lo cual en la mayoría de ocasiones deja sin valor la propia observación del clínico, que aunque no vea sintomatología por sí mismo, debe asumir como válidos los argumentos de padres y profesores y actuar en consecuencia. En la mayoría de casos, les respalda el resultado de algún test diagnóstico, que rellenan por un lado padres y por otro profesores, atando las manos del que finalmente debe decidir si tratar o no, aunque no observe nada de lo que le dicen que está ocurriendo.

Por otro lado, llama la atención el volumen de casos detectados en el medio escolar, sobre todo en el ámbito de la enseñanza privada. Esta afirmación se basa en una mera impresión, por supuesto, sin que pueda aportar evidencia acerca de ello, pero parecería que en los centros privados aparecen más casos de TDAH. ¿Son mejores detectándolos? ¿Se trata de una enfermedad de clases altas? ¿Tienen menos tolerancia a ciertos comportamientos de los niños? ¿Será que si el niño no se comporta es porque tiene algún trastorno, no que el centro no sea capaz de manejarlo? ¿Por qué esas conductas siendo tan llamativas no han llamado la atención de los padres? Preguntas que se me ocurren a vuelapluma…

Rizemos el rizo: ¿Cómo es posible que los trastornos del comportamiento aparezcan más en casa de alguno de los progenitores en caso de parejas separadas, o más aún, cuando vuelve de pasar un tiempo con “el otro / la otra”? Extraña enfermedad esa que aparece según dónde y cuando, verdad? Incluso en parejas felices que conviven, suele apreciarse diferencias entre padre y madre acerca de la gravedad de las conductas y de la necesidad de abordaje especializado, en definitiva, de la propia existencia o no del trastorno en su hijo/a.

Sigamos liándolo un poco más. (¡ATENCIÓN, PÁRRAFO TÉCNICO, SI NO LO ENTIENDE ES NORMAL, NO SE ALARME!) La atención, la memoria de trabajo, el control inhibitorio y la función ejecutiva son procesos mentales con base biológica demostrable y medible mediante neuroimagen funcional. Los cuatro están afectados en casos de TDAH. Implican tanto a áreas cerebrales concretas (sobre todo corteza prefrontal) como a neurotransmisores identificados (dopamina y noradrenalina) y se ha observado en estudios sistematizados alteraciones a dichos niveles que afectan a pacientes con diagnóstico confirmado de TDAH. No intenten comprender esto si no son profesionales del tema, sólo pretendo que le suenen ciertas palabras y hacer ver que definitivamente existen casos con afectación biológica demostrable.

Pero ¿cómo diagnosticamos un TDAH?

Eso lo veremos en la próxima entrada.

Sebastián Sanz Cortés. Psiquiatra.

PorInstituto Bitácora

Cannabis y sus efectos

Hay muchas personas que consideran que el cannabis, la droga ilegal más consumida en todo el mundo, es una sustancia inocua, que no supone un riesgo para la salud. E incluso hay personas que tienen una visión positiva de su uso, a pesar de las muchas evidencias acerca de los efectos negativos del cannabis.

Existen muchos tópicos y mitos, mucha información distorsionada acerca del uso recreativo del cannabis,  que promueven una cultura favorable hacia su consumo y que responden a diferentes intereses,  y por ello, el debate sobre su consumo, está muy presente.

Nuestro objetivo es compartir algunas de las situaciones relacionadas con esta droga, que nos encontramos día a día en la consulta. Y por la que habría que empezar es precisamente esta cuestión, la resistencia a entender y a aceptar, que para algunas personas el consumo de cannabis se ha convertido en un problema serio, en una adicción.

 Con información de fuentes serias, parece una realidad innegable, que el uso continuado de cannabis provoca problemas físicos, psicológicos, sociofamiliares, y escolar-laboral. A poco que profundicemos n os encontramos con que la marihuana o el hachís producen:

-Problemas respiratorios y cardiovasculares, así como procesos cancerosos similares al del tabaco.

-Alteraciones en el aprendizaje y memoria, que afectan al desarrollo intelectual y por tanto al rendimiento escolar y/o laboral.

-Alteraciones psicológicas, o el llamado síndrome amotivacional, que se caracteriza por la aparición de apatía, empobrecimiento afectivo, abandono y desinterés, que tiene mucho que ver con el término “pasota” y que dificulta los procesos de maduración afectiva.

-Reducción del sistema inmunitario y alteración de la reproducción celular, que supone mermar la capacidad del organismo ante las infecciones.

-Afecta negativamente al funcionamiento hormonal sexual, tanto en hombres como en mujeres, en el caso del hombre reducción del número y movilidad de los espermatozoides, ciclos menstruales sin ovulación en el de la mujer.

-En personas con predisposición favorece la aparición de trastornos psicóticos graves.

-Y puede acabar en el desarrollo de una adicción.

El consumo esporádico también puede suponer un riesgo. Además del hambre que entra, de la risa floja y tonta, de lo lento que pasa el tiempo, de las distorsiones en la percepción sensorial que parece todo más bonito más intenso, de lo rojo que se te ponen los ojos… tras esa excitación inicial, con aumento del ritmo cardíaco y presión arterial,  viene la sensación de relajación, con descoordinación intelectual y somnolencia, por lo que resulta muy complicado  entonces, llevar a cabo procesos mentales en los que intervenga la memoria o la concentración. Y  lo de montarnos en el coche bajos los efectos del cannabis cuando los tiempos de reacción son mayores porque la capacidad de atención y alerta está mermada, supone un riesgo tanto para nosotros como para los demás…

Pero a pesar de ello, de las consecuencias tanto del consumo continuado como del consumo esporádico, cuando tenemos ante nosotros un caso de una persona con problemas por el consumo de cannabis, ya sea el consumo el problema en sí mismo, es decir una adicción, o el consumo de cannabis esté afectando de manera negativa a otro problema, nos encontramos con un alto nivel de resistencia por parte de los pacientes para entender y aceptar dicha situación. La persona niega o minimiza que el consumo de marihuana o hachís sea un problema, porque ese es el mensaje que les llega, que fumar porros tiene efectos menos negativos que el alcohol o el tabaco, que es  un producto natural, de hecho cada vez hay más gente que lo cultiva en casa, que el hachís o la marihuana no produce adicción, que su consumo se puede controlar porque mucha gente fuma porros a lo largo de su vida y no pasa nada, que tienen efectos terapeúticos…

El primer paso pues, sería aceptar la negativa del paciente como algo normal, que forma parte de la sintomatología de este tipo de trastornos, y trabajar sobre la motivación, para aumentar la conciencia de problema y la posibilidad de cambio.

Asunción Lago Cabana. Psicóloga Instituto Bitácora.

 

PorInstituto Bitácora

Cambios, crisis, evolución

¿Dónde está el manual de la vida? ¿Quién me dice qué debo hacer ahora que todo está cambiando? Todos nos hemos preguntado alguna vez estas cuestiones y todos sabemos a ciencia cierta que ni existen los manuales ni nadie puede decirte qué hacer sin riesgo a equivocarse (es más fácil culpar a los demás de los propios errores que a uno mismo).

La vida está llena de cambios como dije en la primera entrada sobre el aspecto evolutivo de la familia. Hay momentos en el ciclo vital de las familias que se producen cambios naturales y otros cambios que son inesperados.

Los cambios naturales son aquellos que son esperables y por los que un gran porcentaje de personas pasan a lo largo de su vida y son como todos los cambios, momentos de readaptación, técnicamente hablando, momentos de crisis. Leer más

PorInstituto Bitácora

Intente NO poner un psiquiatra en su vida (2)

Seguimos hoy con algunas reflexiones acerca de puntos que pueden ayudarnos a mantener un cierto equilibrio mental.

Los puntos que tratamos en la anterior entrada del Blog fueron:

EL OBJETIVO DE LA VIDA NO ES LA FELICIDAD.

LA VIDA NO ES SIMPLE.

 MUCHAS VECES, SERÁS TÚ QUIEN NO LLEVE LA RAZÓN.

IMPLÍCATE EN TU CAMBIO.

LA MAYORÍA DE COSAS CUESTAN MUCHO TRABAJO.

Cualquiera que la haya leído habrá podido sacar la conclusión de que se encuentra ante un pesimista sin remedio, que recomienda no buscar la felicidad, no tener un gran objetivo en la vida, que advierte de que todo cuesta mucho trabajo… todo lo contrario. Los años de experiencia clínica te hacen ver que mucha de la desdicha de los pacientes se basan en errores en el punto de partida de la concepción de la vida misma, que inevitablemente causan sufrimiento. Podríamos seguir reflexionando de la siguiente forma:

TEN UN PROYECTO VITAL RAZONABLE. Por ejemplo: todos hemos visto los programas de televisión tipo Operación Triunfo. Si escuchamos las entrevistas a los aspirantes es raro el que no utiliza expresiones tipo “…desde siempre ha sido mi sueño…” o “…todo lo que he querido en la vida es…”. Bien. Decía en la anterior entrada que la búsqueda de la felicidad, esa de la Constitución de los Estados Unidos, es por supuesto legítima, pero quien tiene un único gran “Sueño”, un gran “Objetivo” (si, con mayúsculas), está metafóricamente hablando, apostando su vida a un solo número de la ruleta y al contrario del que va al casino, en la vida no hay más fichas para apostar. Y hay muy poquitas probabilidades de ganar, de cumplir ese gran sueño para el que creemos haber nacido. ¿Qué le ocurre al que no gana?

Que pierde.

Y quizás acuda a un psiquiatra que acabe convirtiendo, simplemente por poner un nombre en un informe, un error de concepto en una enfermedad. Por la puerta entra una persona con ciertos conceptos equivocados y sale un enfermo crónico, porque si no se le ayuda a reestructurar su forma de ver las cosas y actuar en la vida jamás se sentirá de forma diferente y nunca se sentirá “curado”.

Al respecto hay muchas citas, quizás la más famosa de ellas sea la de John Lennon, acerca de que “la vida es eso que te pasa mientras esperas a que se cumplan tus planes”. Tim Minchin (el de la canción de la entrada anterior) muestra una vez más su lucidez cuando en un discurso de graduación en la Universidad en la que estudió recomendaba ser “microambiciosos”, lo cual puede a primera vista parecer inapropiado para recién licenciados que quieren comerse el mundo, pero le daba el sentido de aplicar todo nuestro potencial, esfuerzo e ilusiones a cada uno de los días de la vida, no a ese día, que probablemente no llegará, en el que todos nuestros deseos y objetivos se cumplirán y seremos felices. Si esperamos eso, nos quedaremos como Penélope, la de la canción de Serrat, esperando eternamente en la estación y a lo mejor, como Penélope, la de la canción de Serrat, no seremos capaces de reconocerlo cuando llegue. Última cita, ésta de Steve Jobs, uno de los fundadores de Apple: “Si vives todos los días de tu vida como si fuese el último, un día tendrás razón”. No dejemos de valorar cada uno de los días de los que disponemos en aras de unos mejores que quizás llegarán o no.

No conozco una sola vida que de forma permanente sea perfecta y “feliz”. Ya se encarga ella de cambiar tus planes, así que mejor tener un plan B, un C y un D, aunque quizás ella tenga un plan E.

TEN UN PROYECTO VITAL. Vale, vale… Sé que la anterior decía algo parecido, pero me pareció oportuno explicitar que finuras aparte, es importante saber que haces algo con tu vida, que tienes una razón para levantarte por las mañanas y que tienes un objetivo a corto y medio plazo. La mayoría de trastornos de conducta en jóvenes derivan de la combinación explosiva entre consumo de tóxicos y falta de proyecto vital. Los famosos ni-nis, que ni estudian ni trabajan ni piensan hacerlo y por lo tanto carecen de visión de futuro, satisfacciones con sus acciones y se sienten crónicamente vacíos y rabiosos.

IDENTIFICA LAS COSAS BUENAS DE TU VIDA. Al igual que no conozco una vida plenamente feliz de forma permanente tampoco conozco lo contrario. Dentro de la frustración de lo cotidiano, de las pequeñas o grandes cosas malas que la vida nos reserva, permanecen reductos en los que podemos sentirnos seguros que hay que saber encontrar o valorar. Si no sabemos verlos, o no les damos el valor que tienen, el de contrapesar, equilibrar la percepción acerca de nuestra existencia, irremediablemente nos estrellaremos contra el otro polo, el de la infelicidad. Es algo que una rama de la psicología llamada cognitivo-conductual llama Pensamiento Dicotómico (en el que sólo existe el blanco y el negro, lo bueno y lo malo) y conviene huir de él.

Puedes estar enfermo/a y eso es malo, pero alguien se está esforzando por cuidarte, se queda contigo por las noches, te sonríe y demuestra que te quiere, y eso es bueno y si no se es capaz de verlo y valorarlo estamos abocados al sufrimiento.

HAZTE UNA ESCALA DE VALORES. Para desenvolvernos en la vida, suele ayudar hacer una reflexión y tener un marco de referencia ético/moral en el que apoyarnos, que nos ayude a saber o más bien sentir cuándo hacemos las cosas bien o mal. Quien haya sido criado según unos valores religiosos lo tendrá más fácil si tras una reflexión crítica lo inculcado por sus padres le hace sentir cómodo moralmente hablando. Demos por hecho que una crianza en un ambiente no religioso no excluye de que se transmitan unos valores, hagamos el mismo ejercicio y utilicemos lo transmitido por nuestros padres. Y en el caso de que no, formémonos un criterio. Leamos, estudiemos, escuchemos y hagámonos un código ético según el que regirnos, en el que sepamos, de forma honesta y formada que hay líneas rojas que no debemos cruzar y espacios en los que podemos estar orgullosos de estar haciéndolo bien. Aporta seguridad y evitará muchos sentimientos de incertidumbre.

PASA A LA ACCIÓN. Sí, es repetido de la anterior entrada, pero es importante recordarlo. Hay una psicóloga amiga, Marina Díaz que acuñó una frase antológica: “la mano que te ayudará es la que está al final de tu brazo”. Y tiene razón. Antes que esperar a encontrarse bien para hacer cosas debemos hacer cosas para encontrarnos bien. Eso actuará de reforzador natural de conductas sanas frente a una pasividad ante los problemas que simplemente los perpetúa.

SÉ FLEXIBLE, PREPÁRATE A CAMBIAR. Ante los demás y ante los acontecimientos de la vida. Hemos hablado de un plan A, B, C… porque son necesarios, pero también son necesarios cambios ante la evolución propia de la edad, los acontecimientos vitales, las relaciones… Las reglas del juego de cuando teníamos 15 no valen a los 65. Cambios naturales como que a los 15 lo más importante son los amigos y a los 65 son los nietos no se ven tan claros en otros aspectos de la vida. Es preciso adaptarse a lo inevitable y a lo imprevisto y hay que estar prevenidos y preparados.

TEN SENTIDO DEL HUMOR. Ayuda a relativizar la importancia de lo que nos pasa y nos pone en nuestro sitio. Después de todo, la vida es demasiado importante como para tomárnosla en serio, ¿no?

 

Sebastián Sanz Cortés. Psiquiatra.

PorInstituto Bitácora

El cambio está en mí

El destino no está escrito, nosotros mismos vamos día a día narrándolo. Así ante preguntas como: “Qué puedo hacer yo para cambiar al otro”; “Qué puedo hacer para que una situación de relación que me molesta, me hace daño y no me deja ser como yo quiero, cambie”. ¿Has pensado alguna vez en cambiar tú?

Hace dos semanas comencé hablando sobre el concepto de familia, y comenté unos retazos sobre el rasgo sistémico que tiene ésta. Hoy ahondaremos en este concepto, y lo haremos desde un caso ficticio a modo de ejemplo.

Pongamos a una familia en la que su funcionamiento fuera erróneo de base, marcada por diferentes desgracias familiares (pérdida de un hijo y un divorcio que tardó demasiado tiempo en llegar). La base errónea era la culpabilidad, la falta de comunicación y el miedo a amar.

Les pongo en situación. Debido a la pérdida del primer hijo en edad temprana, los padres adquirieron cada uno de ellos un rol diferente al que tenían hasta el momento en la familia, no supieron decirse el uno al otro lo tristes que se sentían y uno por el otro, aquello se quedó sin resolver. Era como: si tu sigues adelante yo también, pero eso sí, a mi forma. Y con otro hijo de dos años en casa, aquello no vaticinaba nada bueno.

Pasaron los años y cada uno seguía en su pequeño mundo, ajeno al del otro. El mayor problema radicaba en que tenían un hijo y al poco tiempo tuvieron otros dos. La forma en la que se relacionaban los padres era casual, superficial, poco afectiva. La toma de decisiones era unilateral (por parte de la madre) y el padre trabajaba siempre, casi nunca estaba en casa. Las relaciones familiares de los hijos con el padre eran esporádicas y siempre en momentos de ocio; con la madre os podéis imaginar, ella marcaba las normas y las hacía cumplir, era la mala de la película en resumidas cuentas.

Al cabo del tiempo comienza un insufrible proceso de separación que nadie podía y/o quería ver que estaba ocurriendo, excepto el padre, quien fue el que empezó a dar los pasos (probablemente sin saberlo al principio) para realizar una separación real de esta estructura familiar para comenzar una nueva. Los hijos estaban acostumbrados a la frialdad de las relaciones de sus padres, y a la frialdad que mostraba su madre con ellos también. Así que los hijos no parecían poder ver nada. La madre, no quería ver lo que estaba ocurriendo, estaba demasiado acostumbrada a esa vida de “separación”, por lo que no solo no hizo nada, sino que ella misma sin saberlo provocó más distanciamiento.

Tras varios años sosteniendo esta situación, un día el padre le pregunta a sus hijos, mientras éstos veían la tele, lo siguiente: “¿Si me voy de casa, con quién os vais, conmigo o con mamá? Vaya pregunta para unos hijos, ¿a quién quieres más a mamá o a papá? Tras una respuesta rápida y en la que todos coincidieron, dijeron que con la madre. El padre salió del salón. Al día siguiente se había ido de la casa y empezó a formalizar la separación legal.

La madre a partir de ese momento vivió momentos personales muy duros y la forma de relacionarse con sus hijos fue cada vez peor. Se sentía la perdedora del combate y culpabilizaba a sus hijos de todo lo que le había ocurrido, no buscó ayuda ni consuelo en ellos. Los hijos por su parte se distanciaron cada vez más, tanto de la madre como del padre. Habían aprendido a lo largo del tiempo que sólo podían contar con ellos mismos y sabían que los problemas los tenían que resolver por su cuenta.

La convivencia era insostenible: gritos, épocas de mutismo, …, en aquella casa cada dormitorio se convirtió en un lugar personal, inexpugnable e intransferible, el lugar que cada uno tenía para mantenerse vivo, solo.

Los padres habían creado y perpetuado un sistema de relaciones basado en:

– La falta de comunicación, cada uno tenía una parcela de su vida pero no la compartía con los demás. Si tú no me hablas y te muestras distante, me has enseñado a serlo así contigo.

– La falta de afectividad: no hay besos, ni abrazos, ni palabras de cariño. Es difícil ser cariñoso cuando no te han enseñado a serlo.

– La culpabilidad: cada uno, excepto la madre, había asumido el grado de culpabilidad que ésta le había asignado. Si a esto le sumamos los dos puntos anteriores, cómo vamos a quitarnos de encima esa gran losa que es la culpa y que no nos va a dejar ser personas completas.

Este sistema de relaciones familiares se había perpetuado. No parecía que pudiera ser de otra forma que no fuera destructiva. Todos habían adquirido un rol dentro de ese sistema, y se había originado la tensión que provocó la ruptura del equilibrio, obteniendo como resultado la desintegración del núcleo familiar.

Pero como en todo sistema, el cambio de una de las partes afecta al resto de las partes.

Así, uno de los hijos comenzó a comportarse y a actuar de diferente forma. Ya no respondía a los gritos con más gritos; al mutismo respondía con preguntas (cómo estás hoy mamá), respondía hablando sobre cómo le había ido el día en la facultad; a los ataques de culpabilidad respondía sin insultar, intentando razonar lo que ocurrió; a la falta de afectividad respondía con pequeños gestos como, “hoy voy contigo a hacer la compra y te ayudo a traer las cosas”. El cambio se produjo sobre todo con la madre, aunque no fue con la única persona de la familia que lo hizo.

Estos cambios de actitud y comportamiento de este miembro de la familia, hicieron que gradualmente las relaciones entre todos cambiaran y, lo hicieron de forma positiva. Debido al estado de degradación al que habían llegado no fue una tarea fácil, hubo altibajos y no fue de un día para otro (pero Zamora no se hizo en una hora).

Si alguien me pregunta si creo en el cambio de la persona, le respondo con un rotundo “sí”. Si alguien me pregunta si creo que una familia puede volver a unirse, le respondería con otro rotundo “sí”. Si alguien me pregunta cómo, le respondería rotundamente “sólo hay que querer”.

La próxima semana volveremos a hablar de la familia y esta vez sobre su aspecto evolutivo. Os espero.

Mª Ángeles Fernández Arias. Psicopedagoga.

 

 

PorInstituto Bitácora

Intente NO poner un psiquiatra en su vida

Ya, ya… Sé que hace dos entradas decía que pusieran un psiquiatra en sus vidas y lo sigo manteniendo. Si sufren psicológicamente y consideran que precisan ayuda profesional, adelante. Para eso estamos.

Lo que intentaré hoy es aportar algunas claves que ayuden a evitar que las dificultades de la vida se conviertan en trastornos mentales. Eso en Medicina se llama Prevención Primaria y en Salud Mental es especialmente complicada, dado lo abstracto de la materia y lo subjetivo de la sintomatología. Intentaré no convertir esta entrada en un micro libro de auto ayuda, del tipo de “recetas para ser feliz”. Personalmente no soy muy partidario de ellos (si ser feliz es tan fácil, ¿qué me pasa a mi que no lo soy? ¿tan mal ando?), aunque seguro que muchas personas se han podido beneficiar de ellos.

Evidentemente no me refiero a trastornos mentales graves. Hay numerosos factores biológicos sobre los que los pacientes no pueden tener control. No puedes controlar tus genes, ni la manera en la que tu cerebro se desarrolla mientras eres un feto. Me refiero a prejuicios, falsos mitos que damos por ciertos, percepciones distorsionadas de nuestras vidas y las cosas que nos ocurren que conllevan un error intrínseco, que aumentará nuestras probabilidades de pasarlo mal. Leer más

PorInstituto Bitácora

Día Mundial Sin Alcohol

Domingo 15 de noviembre se celebra el Día Mundial Sin Alcohol.

Desde hace más de una década tengo el privilegio de acompañar a personas que tienen problemas con el alcohol, pacientes y familiares, en un  proceso de cambio que a veces resulta fácil y gratificante, y otras resulta difícil y más gratificante aun. Después de este tiempo, me sigue emocionando comprobar cómo gracias a haber pasado por una experiencia tan dolorosa como es la adicción al alcohol, todos aprendemos a querer más, a vivir más, y digo “todos” porque gracias a todos ellos he aprendido, aprendo y seguiré aprendiendo a ser mejor persona.

Para algunos de ellos un día sin alcohol es…

“Papá se compraba una botella de las grandes de cerveza y cuando se la terminaba empezaba con otra nueva…

 La vida sin alcohol no sé que supone. Sólo sé que antes mi padre estaba siempre con una cerveza, luego con una coca-cola y ahora con agua. ¡Me encanta mi padre de ahora, el del agua! Con él me río, voy en bici, salgo a correr… “

Un niño con casi 10 años

¿Qué supone la vida sin alcohol?

Principalmente y lo que más valoro a día de hoy es la SERENIDAD en la que me encuentro, esa capacidad de soltar y dejar atrás viejos sueños o reproches, de no guardar rencor. De disfrutar de una gran calma interior.

La vida sin alcohol me ha regalado un PRESENTE, permitiéndome estar abierta a lo nuevo. Me ha regalado SEGURIDAD y CONFIANZA en mí misma y en mi pareja, he conseguido RESPETAR y AMAR quiénes somos y cómo somos, amando la manera en que somos diferentes.

La vida sin alcohol supone DELEGAR, COMPARTIR, RESCATAR HOBBIES, TIEMPO LIBRE… en definitiva, VOLVER A CREER EN TUS SUEÑOS Y SEGUIR SOÑANDO.

El NO al alcohol me ha regalado la ALEGRÍA y me ha permitido VIVIR SIN MIEDO. Me siento AGRADECIDA y VIVO CON MUCHO GUSTO valorando las cosas nuevas que me aporta un nuevo día.

GRACIAS  A  LOS QUE ME RODEAN Y ME HAN RODEADO.”

La mamá del niño de casi 10 años

 

“La vida sin alcohol es redescubrir cosas maravillosas que habías olvidado”.

Dos años y medio luchando para estar sobria.

“Nunca, nunca puedo olvidar que dejar la adicción depende solo de mí… un día sin alcohol, una vida sin alcohol supone poder mirar en mi interior, recuperar mi dignidad, mi estima y mi respeto”

 

Un hombre desde la senectud.

“El vivir sin alcohol, me permite ser consciente”

En la serena soledad

“Con alcohol todo es peor”

Desde el cielo

PorInstituto Bitácora

“¿De tal palo, tal astilla?”

Supongo que alguna vez ha escuchado el refrán: De tal palo, tal astilla. ¿Tanto marca el cómo somos como padres, en nuestros hijos? ¿Tanto marca el cómo educamos a nuestros hijos en su futura forma de relacionarse? Si atendemos al razonamiento del aspecto socializador de la familia, la respuesta es un “sí rotundo”. Hablemos sobre ello.

 Como ya dije en la entrada anterior, la influencia del ambiente familiar influye en el desarrollo de las relaciones sociales. Todos conocemos distintos tipos de familias, puede que no le pongamos nombre a cómo se relacionan entre ellos y con los demás, tampoco las clasificamos según los padres y los hijos convivan. Pero sí que sabemos cómo son: padres poco dados a abrir las puertas de su casa a sus amigos y a los amigos de sus hijos y que además son reacios a llevarlos a casa de otros amigos; padres que dejan el cuidado y la educación de sus hijos en manos de personas ajenas a la familia; padres sobreprotectores que no se despegan de sus hijos y que inculcan miedos irracionales a éstos; hijos que menosprecian la labor de sus padres; familias que comparten sus ratos de ocio, hablan entre sí y que resuelven los problemas juntos;… Y así un sinfín de familias.

 Un inciso. Hablando de familias sobreprotectoras. No me gustaría perder la ocasión de hablar sobre “el cordón umbilical” que en algunas familias no parece que se vaya a romper nunca. Ese cordón que limita el crecimiento tanto de los progenitores como de los hijos. Y vamos a decirlo así de sopetón: el cordón umbilical hay que cortarlo. No debemos ir estirándolo hasta que se rompa de tanto usarlo (y que suele romperse cuando uno de los extremos, ya no puede más). Cuanto antes nos demos cuenta de que nuestros hijos, no son “nuestros” sino de ellos mismos, antes podremos tener una relación más sana con ellos y antes podremos educarlos para que vivan en sociedad de una manera amable, cooperativa, alegre…, sin convertirse en seres dependientes de la aprobación de los demás. Leer más

PorInstituto Bitácora

MIS PASTILLAS, QUE NO ME PUEDEN FALTAR

Pues sí que te pueden faltar, aunque quizás seas del otro polo de usuarios de los servicios de Salud Mental que prefieren vivir sin medicación, aunque les sea imprescindible para mantener su calidad de vida.

A veces en broma en el café, entre los compañeros comentamos que nos pasamos la mitad del tiempo convenciendo a pacientes de que tomen su medicación, y el resto del tiempo convenciendo a la otra mitad de que en ese momento no les hace falta.

¿Saben que en España el consumo de antidepresivos se ha casi cuadruplicado en los últimos diez años? Podría pensarse que hay más depresión, probablemente debido a la crisis y por tanto más tratamientos. Es cierto que en los Servicios Comunitarios de Salud Mental se ha incrementado la demanda de consultas y que el tema económico subyace en muchas de ellas, pero el análisis es más complejo y se escaparía de la entrada de hoy. Quizás otro día. Leer más

PorInstituto Bitácora

NUEVOS TÉRMINOS PARA LA NUEVA REALIDAD

Vamos a intentar aclarar, mediante una pequeña explicación, algunos términos que nacen con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y que por tanto son relativamente nuevos para la mayoría de nosotros pero que van a ir apareciendo cada vez con más frecuencia.

 En varias ocasiones, en publicaciones anteriores, hemos hecho referencia al término nativos digitales. Los nativos digitales son las personas que han nacido con las nuevas tecnologías, las TIC o tecnologías de la información y comunicación. Han pasado toda su vida rodeados de y usando, ordenadores, videojuegos, reproductores digitales de música, videocámaras, móviles, internet, correo electrónico, mensajería instantánea, y todos los demás juguetes y herramientas de la era digital, por lo que su manejo es muy superior al de generaciones anteriores, y además su forma de aprendizaje e interacción con ellas, nada tiene que ver con la de aquellos que no  nacimos en el mundo digital, pero que en algún momento de nuestras vidas nos acercamos a la nueva tecnología, y nos instalamos en ella. A estos últimos se les llama Inmigrantes Digitales, y el término surgió de comparar el aprendizaje de las Nuevas tecnologías con la adquisición de un segundo idioma a una edad avanzada, porque cuando piensas, siempre lo haces en tu idioma de origen. Y esto, en el campo de las TIC, se manifiesta en cosas tales como que los inmigrantes digitales, en muchas ocasiones las utilizamos como segundo o tercer recurso, los inmigrantes digitales “no perdemos nunca el acento”.

También hace unas semanas, hablábamos acerca de un término relativamente nuevo, el miedo a perderse algo o FOMO. Este término que ha aparecido como consecuencia del mal uso de las nuevas tecnologías, en concreto, en relación a los chat y las redes sociales, recordemos que, consiste en la sensación de angustia que experimentan algunas personas, por la imposibilidad de poder llegar a todo lo que se publica, de poder atender a todo lo que se publica, y de poder  estar presente en todos los eventos y actos que se publican. La persona puede llegar a experimentar sentimientos de desánimo por sentir que su vida está vacía respecto a la de los demás, que es más aburrida que la de los demás, y siempre sienten que se están perdiendo algo. Es la manifestación a través de la red del miedo social a ser excluido. La sensación de malestar, les impide entender, que las imágenes y comentarios que se publican, son solo unas escenas, unos fotogramas elegidos, de un acontecimiento concreto, que la vida está llena de algunos pocos momentos como los que se exhiben, y de muchos simplemente buenos, regulares y malos. Los estudios existentes, concluían que las cifras de afectados van en aumento, y que entre las personas que son más activas en cuanto a publicar fotos, y cambiar su perfil en las diferentes redes sociales, el porcentaje es mayor. Leer más

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